Ensayo

2018

Sobre las revistas femeninas

Reflexiones acerca de mi relación con las revistas para mujeres y las revistas de moda.

Collage de Sammy Slabbinck

Cuando era adolescente y mi mamá me llevaba a un quiosco, a una librería o al supermercado, le rogaba todas las veces que me dejara comprar una revista. Casi nunca me decía que sí, porque usualmente eran revistas de moda, como Vogue, y ella no les veía el sentido. En ese entonces apenas se podía encontrar en Quito, donde vivíamos, un par de ejemplares de la edición latinoamericana, y yo tenía que tener uno. En las extrañas ocasiones en que ella accedía a comprarme esa o alguna otra revista de moda, yo solamente quería volver corriendo a la casa a leérmela de tapa a tapa. Eventualmente empecé a comprármelas yo misma para no tener que pedir favores tan seguido. Pero al poco tiempo de que empezaron a representar un recorte en mi modesto presupuesto de estudiante de colegio, decidí evaluar si realmente las disfrutaba o si se trataba de un hábito compulsivo.

Fue así que me di cuenta de que las revistas que leía en realidad hacían referencia a experiencias tan lejanas e inalcanzables que no me sentía identificada con ellas. Invocaban un universo fantasioso que, aunque tenía el potencial de sorprenderme y causarme admiración, no me conmovía. Tampoco me veía reflejada en sus artículos; no porque no tuviera intereses frívolos (que sí los tenía), sino porque con su tono poco amable y pretensioso parecían creer que me estaban haciendo el favor de dejarme echar un vistazo a un mundo glamoroso al que no pertenecía y del que no estaba para nada cerca. Así que acepté que no me sentía conectada con lo que no alcanzaba a percibir y dejé de comprarlas.

Hoy en día, casi diez años después, lamentablemente muchas de las revistas dirigidas a un público femenino siguen siendo así. Si estos días abro cualquier edición de la misma Vogue, por ejemplo, todavía me topo con titulares sobre lugares recomendados para cenas casuales en Biarritz o tips para ir de compras en Montecarlo. Y me encojo por dentro al pensar que quizás de verdad esperan que la mirada de las mujeres a las que se dirigen no les devuelva una lectura problemática. Al final, por esa naturaleza que en la jerga se hace llamar "aspiracional", llevan años procurando ser exclusivas pero siempre terminan siendo excluyentes.

A mediados del 2010, cuando tenía 19 y habiendo replanteando algunas de mis predilecciones de lectura, se publicó la primera The Gentlewoman, una revista femenina independiente, bianual, editada en Londres (cuya tirada hoy se acerca a los 100.000 ejemplares). No fue sino hasta el 2014, cuando me dediqué a leer los números de la revista que se habían publicado hasta ese momento, que vi lo que es capaz de hacer una revista femenina. Ahí entendí también que, de partida, una revista femenina no es lo mismo que una revista de moda. En las primeras se destaca a mujeres cuyas historias y personalidades son mucho más interesantes que cómo se visten, y la línea editorial es ligeramente periférica respecto a las convenciones de la industria de la moda. En lugar de preocuparse por las vicisitudes de las nuevas tendencias del vestir o el deseo directo de comprar ropa, la promesa intrínseca de una revista femenina es convertirse en una parte creíble del mundo referencial de sus lectoras, apropiándose de los intereses comúnmente asociados con la experiencia femenina –sin olvidar que estos muchas veces perpetúan ciertos estereotipos de género, aunque esa discusión escapa el punto por ahora–.

The Gentlewoman, para mí, respondía a la satisfacción de leer ciertas cosas, algunas profundas, otras triviales, con la calidez que no había encontrado en ningún otro lado hasta entonces, porque los libros que tenía a mi disposición en ese momento, recién entrada a la universidad, eran en su mayoría novelas clásicas escritas por hombres blancos.

Si hablamos de las revistas como soporte, por naturaleza estas no buscan ser exhaustivas, ya que son en sí mismas el reconocimiento simbólico de que, de entrada, hay una infinidad de temas que es inabarcable en una unidad de atención única. En ellas, la vigencia de los textos suele estar supeditada a reflejar un momento concreto, por lo que no pretenden que sus contenidos sean relevantes eternamente. Dicho en simple, siempre se publica un número de una revista pensando en que habrá uno siguiente que se hará cargo de periodos futuros. A diferencia de un libro, una revista no tiene un principio y un fin estrictamente delimitado. Cada número empieza y termina, por supuesto, pero al ser una publicación periódica, se da el lujo de adaptarse a distintos enfoques y tratamientos de una o más temáticas imperecederas, como la sociedad, la política, el arte o la ciencia, y se hace cargo de su evolución en el tiempo. Justamente eso es apropiado para el argumento de una revista femenina, ya que siempre van a haber cosas nuevas que decir y mostrar sobre las mujeres que en su tiempo se consideran modernas.

 

The Gentlewoman, n° 13 (2016)

Las revistas femeninas tienen, además, un componente emocional muy fuerte; y cómo no: en ellas se suele hablar de temas muy cercanos a las experiencias que componen formas de ser una mujer en el mundo; desde hábitos rutinarios y triviales hasta exploraciones profundas de temas muy íntimos. Y si una persona lee todos los meses –o cuatro veces al año o con el intervalo que fuera–, número tras número de la misma revista por un largo periodo, inevitablemente empezará a reconocer y a tomarle cariño a esa voz que la conecta con sus gustos.

No me considero ninguna experta, pero (aunque no sé qué dice esto de mí) es posible que haya leído más revistas que libros, y eso me hace sentir relativamente capaz de opinar sobre algo que consumo todo el tiempo. Tampoco sé si es por costumbre, pero usualmente las prefiero impresas. Sin afán de antagonizar las publicaciones análogas y el mundo digital –una falsa dicotomía que ya ha sido ampliamente discutida y descartada en el sistema del libro al menos–, siempre me ha gustado sentir que tengo en mis manos una compilación de contenidos elegidos cuidadosamente, en la que solo quedó lo importante porque sencillamente no había más espacio.

Me pasa con ciertas revistas algo que ya ha sido mejor descrito por Leila Guerriero: "Me gusta el idioma de las revistas porque siento que hay algo, en ese idioma, que no necesariamente me habla pero que comprendo. Será por eso que guardo revistas de todo tipo y vuelvo, una y otra vez, a algunos ejemplares de los que, como de ciertos libros, no quiero desprenderme". Aun así, cada vez parece tener menos sentido para mí coleccionar revistas femeninas quincenales o mensuales. Sus fotografías no se mantienen estéticamente vigentes y el papel de baja calidad hace que se sientan prescindibles. Desde que me desencanté con la mayoría de las que leía de adolescente, ya casi no leo revistas que se devoran y después se desechan; prefiero las que debo leer de a poco, esas que me invitan a tratarlas como objetos. Sentarme a leer un texto compuesto en una tipografía bien pensada, con un diseño cuidado, e impreso en un papel de buena calidad es mi único respiro real ante la sobreabundancia eternamente hipervinculada y el ruido de internet. Después de todo, dicen que una de las reacciones a lo digital es reforzar lo tangible. Ahora bien, ojalá que por un buen diseño tampoco me sienta obligada a tratar una revista con excesivo preciosismo ni a pensar que es intimidante o intocable, como pasa con esos adornos delicados que uno se rehúsa a mover por la casa o a prestárselos a alguien por miedo a que se rompan o se dañen. Después de leer una revista simplemente espero poder guardarla cómodamente en un librero para revisitarla si es necesario. Igual que un libro.

Dejando de lado el asunto material y estético, reconozco que hay razones más graves por las que ya no leo las revistas femeninas que encuentro en los quioscos. La principal es que muchas de ellas ocupan un tono pedagógico y anticuado para hablarles con experticia a sus lectoras sobre sus propios intereses, sin darse por enteradas de que en pleno siglo veintiuno ya no es útil hablar de "lo que se usa" (o de lo que no), o de que por ningún motivo es aceptable asumir que se les puede decir a las lectoras qué hacer con sus vidas. Cuando leo líneas del tipo: "Lo que quieres, necesitas y lo que realmente funciona", o "Las cosas que amamos", o "Los must de la temporada", siento que me tengo que devolver a revisar si la fecha en el lomo es 2018 o 1918. No veo las prendas como cosas que "haya" que tener y tampoco sé si hay razones para hablar de la moda como si fuera una religión.

El tono instructivo y la pretensión de educar al público va, además, muy de la mano del afán de tratar a las lectoras como consumidoras e inundar las revistas con páginas de compras. Comercialmente, uno de los grandes retos de las revistas femeninas que dedican parte de sus contenidos a la moda (y de las revistas de moda propiamente) es qué hacer para sostener el modelo de negocio sin inundar cada número con páginas de productos. Y es entendible; están en medio de un dilema comercial y de ética editorial: grandes marcas invierten (aunque cada vez menos) en avisos impresos con el objetivo general de que estos se traduzcan en ventas, por lo que, para mantenerse a flote, a las revistas les conviene que esas marcas vendan y sigan invirtiendo en publicidad. Así de simple. Pero es algo tóxica y también plana la noción de que si se motiva al público a comprar cosas, el negocio de la revista sobrevivirá. Las lectoras de hoy son mucho más sofisticadas que eso, y abrumarlas con páginas de productos o hablarles como si fueran compradoras compulsivas no suele ser precisamente el motor de los hábitos de consumo de personas sensatas. Se las subestima también si se cree que se van a sentir presionadas a comprar cosas que no necesitan solamente porque ven un aviso o porque una revista les dice que lo hagan ("¡Seguro estaremos todas detrás de un abrigo de piel este invierno!", "¿Quién no quiere tener más carteras?"). Ninguna mujer adulta e informada quiere que le digan cómo vestirse, qué usar, cómo arreglarse o qué pensar. Y nadie necesita que le impongan normas de estilo inexistentes o que le sobreexpliquen cada impulso banal que cruza su cabeza.

 

L' ami de mon amie (1987)

Lo que he dicho hasta ahora puede ser asunto de gusto si se quiere. Pero hay ciertas cosas sobre las revistas femeninas que quiero creer que sacan de quicio a todo el mundo. Una de esas es que intentan sonar como la amiga o la confidente de las lectoras. Quizás lo hacen como una extensión conveniente del tono que se usa en las revistas dirigidas a adolescentes, o tal vez simplemente no se han detenido a considerar que el fingimiento como concepto creativo ya no es rentable (si es que alguna vez lo fue). Cuando me encuentro con un artículo en ese tono siento que soy parte de una conspiración para internalizar supuestos consejos que en el fondo terminan siendo recomendaciones clandestinamente machistas. Muy al estilo El cuento de la criada.

Evidentemente, ninguna revista que quiera sobrevivir se referiría a su público derechamente minimizándolo, pero sí es común que se dé implícitamente por hecho que todas las mujeres quieren las mismas cosas (bajar de peso, casarse), y que se ofrezcan consejos acorde a esas presunciones. Por añejo que parezca, no es raro encontrar todavía artículos para vestirse apropiadamente en la oficina del marido o para reducir las arrugas de la frente. Cuando la verdad, que no es ninguna noticia, es que no es atractivo que se presuma que uno quiere "mejorar" según estándares arcaicos de belleza o viejas expectativas de comportamiento.

Es posible que la lógica detrás del tono artificialmente amigable es que para generar confianza hay que deshacerse de la formalidad, y el recurso más fácil para asegurarse de no ser demasiado serio es recurrir al humor. Pero el resultado puede ser espantoso. Algunas revistas se muestran demasiado entusiastas al hablar de temas muy livianos, y esa efervescencia a veces es tan fingida que las hace sonar caricaturescas. Si bien el humor y las inflexiones son importantes para darle carácter a la voz de una revista, el tono derechamente satírico ya no funciona. Era común en la década de los sesenta, especialmente en la edición estadounidense de la revista Vogue durante el periodo en que Diana Vreeland fue su editora en jefe (1963–1971), pero hoy es difícil que una publicación así no suene condescendiente o bufonesca. En estos días, ocupar un tono arqueado puede ser apropiado para aligerar un tema cerebral, o quizás para balancear textos que de por sí tratan temáticas ligeras, ya que, como en todo, el sentido del humor sirve para demostrar que se tiene suficiente perspectiva a la hora de diferenciar entre los temas que tienen peso o relevancia social y los que francamente no.

Como categoría, casi todas las revistas femeninas suelen ser mal vistas porque se asume que siempre tratan temas superficiales, y está claro que muchas veces es cierto. Pero su gracia está en que históricamente han servido para visibilizar temáticas relevantes para las mujeres en la sociedad. Y lo que no saben quienes no las han leído es que, en el ámbito de lo personal, una revista femenina bien lograda puede servir para ayudar a una persona a reconocerse a sí misma, así sea en contraposición a los contenidos. Y eso puede ser útil y en ocasiones noble. El tono es el factor que define cómo finalmente hará sentir una revista a sus lectoras, es su voz y su espíritu, lo que le da forma a su personalidad. Aun cuando todos los contenidos se atengan a la misma línea editorial, estas tienen múltiples entradas, una serie de secciones, distintos tipos de textos y distintos autores con voces diferentes. Todos esos factores inciden en el tono y lo varían, y es un reto cuidar que esté equilibrado de principio a fin en cada número y que sea atinado en todas sus partes.

Hoy, lo que busco cuando compro una nueva revista femenina es aparentemente simple: que muestre una visión apreciativa e inteligente de algunos de los intereses caracterizados como típicamente femeninos; que priorice el diálogo en las entrevistas, la sensatez en los demás contenidos, y la durabilidad estética de las imágenes. Que cuide a las entrevistadas y también a sus periodistas, que no las encasille. Que ojalá tenga un tono cálido e inteligente, y que suene como realmente suenan las personas cuando hablan dispuestas a conectarse; e irrenunciablemente, que al menos parezcan recordar que no existe una sola experiencia femenina. Un enfoque despierto y reflexivo es la esencia de la modernidad como se la concibe ampliamente a estas alturas, y la mayoría de las revistas femeninas actuales no lo reflejan ni a deshora.

 

Jasmine Deporta, Sofa Safari (2014)